
Miguel Ángel Carcelén Gandía es un escritor nacido en Villalgordo del Júcar, provincia de Albacete, el 16 de febrero de 1968. Pasó su infancia en el pueblo natal y en Tarazona de la Mancha, para trasladarse en la adolescencia a la capital albaceteña. En Albacete cursó los estudios de bachillerato, y en Valencia y Salamanca cursó la carrera, licenciándose en la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha trabajado y vivido en Madrid, Jerez de la Frontera, Ibiza, Castellón y en la actualidad reside en Toledo, donde compagina la actividad literaria con su profesión como funcionario y la dirección de Publicaciones Acumán. Tiene más de una docena de novelas publicadas, así como libros de recopilación de artículos periodísticos y cuentos. A lo largo de su trayectoria literaria ha sido galardonado en numerosas ocasiones. Ha sido colaborador de distintos diarios: La Tribuna de Toledo,
La Verdad de Albacete, Diario de Ibiza, Jerez Información, y forma parte de varias antologías, de entre las que destaca "A cielo abierto. Narradores de Castilla La Mancha", editada por la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha. Así mismo ha participado como jurado en diferentes premios literarios.
¿Qué desafíos Miguel Ángel, he perdido la cuenta de los premios que llevas ganados y, sin embargo, no encuentro
tus obras en las librerías ni desmontando los estantes. ¿Qué demonios tiene que hacer en este país un escritor para que lo publiquen en condiciones?
Para que a un escritor que no ha conseguido consagrarse por su extraordinaria calidad o sus no menos extraordinarios contactos lo publiquen es necesaria la confluencia de años pares y bisiestos con semanas de seis días; pero para que a un escritor de las anteriores características lo publiquen en condiciones es de todo punto necesaria la resurrección del Caudillo de todas las Españas o el renacimiento del sentido común en Occidente. Si alguien quiere hacer carrera como escritor antes debe haberla hecho necesariamente como torero, gigoló, presentador de telediarios o actriz.Conozco a muy buenos escritores que han publicado seis, siete novelas, y han desistido de seguir haciéndolo porque no se les daba bien la vida social ni gustaban de gastar enormes cantidades en llamadas a editores halagándoles el color de la corbata. Personalmente no descarto, como bien dices, enseñar el trasero para que las librerías se dignen a tener en escaparate alguno de mis libros algo más de los dos primeros días de compromiso; hasta la fecha, en lugar de enseñar el trasero, he enseñado el alma en mis libros, y eso, comercialmente, es un fracaso. O cambia la política editorial o seguiremos asistiendo al ofrecimiento de libros al peso sin tener en cuenta la literatura.
Veo que tu experiencia con las editoriales es mejorable. ¿Qué tal con los premios literarios?
Ha habido de todo, como en botica. El balance es positivo, de lo contrario no seguiría participando en ellos, pero en ocasiones he tropezado con situaciones lamentables. He tenido la fortuna de ganar muchos premios, también es cierto que he tenido la constancia de participar en muchísimos más. Jamás he participado en los grandes porque nadie me va a hacer bajar de la burra en la opinión de que esos están otorgados de antemano. Diría que están amañados, pero quizá alguien se moleste, y por eso me limito a decir que son un fraude. Hablando hace unos días con Rosa Regás, mujer encantadora donde las haya, comentaba que lo que se rumorea sobre la falta de transparencia en el Planeta era un bulo; si eso es así he de concluir que entonces los jurados de tal premio entienden de literatura casi tanto como la Mula Francis. Digo esto porque a veces premiar a determinadas obras en tales certámenes supone un descrédito para la literatura y para quienes nos interesamos de verdad en ella. En una ocasión participé como jurado en un premio de novela breve dotado con un millón de pesetas; se presentaron casi cien novelas y al jurado se nos convocó por la mañana; a mediodía ya estaba dado el premio; ¿nos dio tiempo a leer cien novelas a cada uno? Más bien no. Tuve que firmar el acta del jurado porque, si no, no cobraba ni el billete del tren. En su favor he de decir que los premios literarios, hoy por hoy, son casi la única manera de poder publicar en España para quien no hace vida social literaria.
¿Qué pasó con Cólera y azogue para Ailene, esa novela que se hinchó a ganar concursos y casi se queda sin premio y sin publicar?
Los concursantes compulsivos o natos, como yo, estudiamos bien las bases de los distintos premios para poder rentabilizar nuestro trabajo. Si gasto cuatro meses en escribir una novela es lógico que pretenda obtener el mayor beneficio de ella, por eso la envío a distintos concursos, siempre y cuando no se exija en las bases que no esté pendiente de fallo en otros certámenes o coletillas que todos conocemos muy bien. Eso hice con esta novela; la envié al Premio Joven de Novela de la Universidad Complutense de Madrid y al de Narrativa de la Diputación de Cuenca. Me la premiaron en ambos concursos con una semana de diferencia, repasé las bases y no había nada en ninguna de las dos convocatorias que me impidiera aceptar sendos premios. Pero se mezclaron intereses editoriales y se me retiró el Narrativa de Cuenca. Lo triste del caso es que se lo concedieron al finalista, cuya obra premiada "Jóvenes Cuentistas" llevaba colgada en internet casi dos años y parte de la misma había obtenido otro premio en un concurso venezolano. Eso sí, cuando denuncié el caso desapareció instantáneamente la página en cuestión de la red.
Se debate acerca de las obligaciones del escritor para con la sociedad. ¿En qué crees que debe concretarse el compromiso del escritor?

La literatura, aparte de belleza y regocijo, debe ser instrumento de cambio. Al auténtico escritor nada humano le debe ser ajeno, parafraseando a san Pablo, y si no denuncia lo que cree que es injusto se le podrá aplicar el peor de los insultos en este mundo (aunque haya quienes lo reciben con agrado): escritor comercial. Cada uno denuncia según sus criterios, las críticas de Saramago coinciden con las de la malograda Dulce Chacón, y son diametralmente opuestas a las de Vargas Llosa. Alguno, por fuerza, ha de equivocarse, pero se arriesgan a ser criticados por la ideología que subyace en la belleza de su prosa o poesía. Quienes fabrican verbo plano para no perder lectores contrarios a la ideología que pudieran transmitir no merecen el nombre de escritores.Es evidente que en la España actual el compromiso del escritor tiene poca trascendencia; un ejemplo: si en una manifestación contra cualquier decisión política participa un escritor de renombre, los políticos afectados sienten infinitamente menos preocupación que si la manifestación está secundada por actores (no digamos futbolistas, si bien esto es más raro)
¿Cuáles son los aspectos del mundo actual que quieres reflejar en tus novelas?
Dijo un teólogo holandés de nombre impronunciable que el siglo XXI será solidario y ecológico o no será. En mis novelas pretendo reflejar situaciones que expongan o, por el contrario, denuncien la insolidaridad para con los demás y para con la Naturaleza, por eso abundan personajes extremos, demasiado mundanos o demasiado angélicos. Me preocupa la pobreza en el mundo, el gasto militar, el estado de bienestar producto del asesinato de miles de seres humanos, la explotación laboral, la discriminación de la mujer..., bueno y no sigo porque esto va a parecer la exposición de cualquier programa electoral.
¿Por qué la omnipresencia del ambiente carcelario en tus últimas novelas?
Desde luego que por lo del morbo no es; quien me ha leído en más de una ocasión sabe que no suelo escribir con vistas comerciales, y dentro de unos márgenes no me preocupa que mis novelas las lean diez o un millón de personas, me preocupa que quienes las lean encuentren algo agradable y con fondo. Escribo de la cárcel porque en estos momentos es lo que conozco, porque es un submundo con historias dignas de ser relatadas, porque como cantaba Hilario Camacho, la vida es una cárcel con las puertas abiertas. Creo que el modo en el que un país trata a sus presos dice mucho de él; antes se aplicaba esto a los niños y a los ancianos, pero me parece más acertada esta opinión, teniendo en cuenta que en los últimos cinco años la población reclusa ha subido un cuarenta por ciento. Por supuesto que en mis novelas no aparece ni la cuarta parte de las atrocidades que se pueden ver en prisiones. No serían creíbles.En parte también me sirve de ese marco para desmitificar ciertos detalles que denigran el papel del trabajador de prisiones, debido sobre todo a la literatura existente hasta la fecha. En Estados Unidos -odio tener que emplearlo como ejemplo- existe una literatura penitenciaria casi de la misma importancia que la novela negra, por ejemplo, y allí los puntos de vista son más abundantes. En España, como digo, hasta la fecha, lo poquito que hay escrito siempre ofrece el punto de vista del recluso, que es bastante subjetivo y deja en un lugar poco recomendable al funcionario de prisiones; por no hablar de la truculencia que exhiben esas novelas. Me parece que es de justicia ofertar la visión del otro lado.
Sé que tienes alguna novela sin publicar, a pesar de que has recibido ofertas para ello. ¿Puedes
explicarnos por qué?
En realidad sólo tengo una inédita por la que he recibido insistentes ofertas -he de aclarar que de editoriales de segunda línea-; el motivo por el que me resisto a darla a la imprenta es porque se trata de una novela basada en hechos reales que tienen mucho que ver con mi paso por la institución eclesial, con muchos nombres y apellidos, con muchos detalles que posiblemente harían tambalear la fe de bastantes conocidos. En el fondo creo que es una novela sobre corrupción eclesial, y seguro que se entendería como un desquite hacia los que me hicieron la vida imposible mientras fui sacerdote, y jamás fue mi intención criticar para ofender, sino para corregir. Creo que no la publico porque como en según qué cosas no tengo pelos en la lengua no retocaría ningún nombre de los que aparecen en ella, lo que les causaría serios problemas a varios. Estoy hablando de sacerdotes, compañeros míos en su día, acusados de violación, de compra venta de arte religioso con dinero negro por parte de obispados, de hijos naturales de sacerdotes criados con dineros de obras pías y fundaciones, de curas enriquecidos por especulación inmobiliaria..., bueno, de muchas barbaridades...El tema de la Iglesia es algo que procuro que ya no me afecte, de verdad. Fui sacerdote durante seis años, más o menos; a los dieciocho años ingresé en un seminario y a partir de ahí me dediqué con verdadera vocación a servir a quien más lo necesitase, pero no tardé mucho en darme cuenta de que ésa no era la línea que admitía la institución eclesial. Algunos me dijeron que para poder cambiar tanta corrupción y despropósito era necesario seguir dentro de la Iglesia. Yo fui Quijote hasta que me lo permitió mi higiene mental: me quitaron el sueldo como sacerdote, me prohibieron escribir, me censuraron en revistas eclesiales, me detuvieron la edición de un libro sobre escatología... Me suelen gustar las cosas claras, y no quería engañar a nadie, porque quien me aconsejaba que siguiera dentro de la Iglesia diciendo a todo que sí y luego haciendo lo que considerara justo tampoco me mereció mucha confianza; creo que no se trata de cambiar la Iglesia llevando un doble juego, una doble vida. Conozco a muchos compañeros que como no están a favor del celibato obligatorio llevan en secreto vida de casados desde hace años..., no lo considero ético, será que soy muy raro, no sé. Yo prefiero decir bien alto y claro (que es lo que hacía cuando era sacerdote, y ahí están mis escritos para demostrarlo) que el Papa ya no está para muchos trotes y es una vergüenza que quienes manejan su figura con intereses puramente políticos no le dejen descansar en paz; que es una aberración la ideología machista de la práctica eclesial; que es un disparate mayúsculo el tratamiento que se le da a la sexualidad por parte de la institución eclesial; que es de juzgado de guardia el blindaje que se aplica a muchos clérigos en delitos por los que seglares están cumpliendo condenas (robos, falsedad de documentos, violaciones...); que es denunciable ante el Tribunal de Derechos Humanos el trato del Vaticano a ciertos personajes que encabezan facciones disidentes dentro del seno de la Iglesia.
¿Qué escritores actuales están abriendo caminos interesantes?
Entiendo que de todos se puede espigar algo bueno, novedoso. Por lo que comentábamos antes de los premios literarios, un escritor suele ser bueno hasta que le premian una novela en un certamen prestigioso, al menos así me lo parece; pongo los casos de Espido Freire, Juan Bonilla, Millás, de Prada. A lo mejor es porque ahí lo que se pretende es más la comercialidad que la calidad, pero insisto en que es un error.Belén Gopegui me parece un talento a medio descubrir. No sabría decirte cinco nombres, te diría muchos más: Lorenzo Silva, Ray Loriga, Almudena Grandes, Ángela Vallvey, Luis Pandero, Álvaro Pombo, Mateo Díez, Pilar Zapata, Muñoz Molina, Manuel Rivas...
¿La novela se nos muere, como dicen algunos, o goza de buena salud?
Si la novela se nos muere, la poesía hiede y el teatro está en proceso de descomposición. Del relato prefiero no hablar. Por el bien de la literatura en general espero que la novela goce de buena salud. Mantengo que en el momento que muera la novela, la literatura desaparece (suena pedante, pero es que he leído mucho a Prada)
La mayor parte de tus novelas tienen elementos del género negro, pero ninguna de ellas se adapta al estándar. ¿Por qué?
Soy de la opinión de que los géneros agobian y sólo sirven para ser estudiados. No entiendo de purismos en literatura ni en nada.
Cuéntanos cómo es uno de tus días cualquiera, como escritor.
Soy bastante atípico en mis hábitos de escribiente. Ahora, por ejemplo, llevo casi dos meses en los que no he escrito prácticamente nada, porque andamos preparando mercadillos navideños en los que vendemos los libros de Acumán y colaborando con otras ONG, como Médicos del Mundo. Sin embargo, este verano escribí una novela de doscientas páginas en cuarenta y cinco días. Así salió, claro, luego ha habido que retocarla bastante, pero al final me la han premiado. Quiero decir que cuando tengo tiempo y argumentos, no me cuesta tirarme ocho horas seguidas delante del ordenador -a veces alguna más-, pero cuando el tiempo escasea la literatura es quien lo sufre.
¿Cuál es tu máxima aspiración en este mundo de la literatura?
Que alguna editorial me publique una novela con las tapas duras.
¿A qué escritor te gustaría parecerte?
En la forma de escribir a García Márquez. Me cautiva su realismo mágico. Escribo deliberadamente el posesivo porque ahora está muy de moda llamar realismo mágico a casi todo lo que no se asiente con más de ocho patas en el suelo de la realidad. Y si se me admite una segunda opción también me gustaría parecerme al Manuel Rivas de los cuentos, no al de las novelas.En lo humano ya me gustaría alcanzar la talla de Vázquez Figueroa, un escritor campechano, cercano, amable, comprometido que jamás ha declinado una petición de colaborar en proyectos solidarios.
¿Presumes de algo en particular con respecto a tus libros?
En broma suelo decir que muchos de los mejores novelistas españoles han leído mis novelas, mientras que yo me he permitido el lujo de seleccionar las suyas. Es la ventaja de ser un concursante nato, que Almudena Grandes, Lorenzo Silva, Rosa Regás, Mateo Díez, José María Merino, Juan Manuel de Prada, Andrés Sorel, Gómez Rufo, Espido Freire, Dulce Chacón, etc., se han tenido que leer mis obras por su condición de jurado antes de premiármelas.