miércoles, 8 de abril de 2009

James Joyce, el eterno Ulises




Junto con Kafka, es uno de los autores más importantes de la narrativa del siglo XX.
Nacido en Dublín (en aquella época perteneciente a la colonia inglesa), en el seno de una familia muy numerosa. Las relaciones domésticas eran complejas, su padre era un alcohólico y se profesaban unos sentimientos contradictorios entre los cuales también aparecía la fascinación mutua. De hecho, será su padre el que descubra desde un primer momento su talento y quien lo incentive; llegando incluso a establecer como prioridad la educación de su brillante vástago a la alimentación de toda la familia. Así, el autor posee una inmensa facilidad para los idiomas (aprende italiano, francés y alemán) e ingresa en la iglesia de los jesuitas, pero pierde la fe rápidamente, a pesar del fervor religioso de su preadolescencia.

Los problemas económicos estarán siempre patentes en la época, todo ello unido al marco socio-histórico irlandés. Se habla de una Irlanda humillada, volcada hacia el exterior, con un porcentaje muy elevado de emigración. Tanto es así que entre 1840 y 1920 la población, que en su origen estaba en torno a los ocho millones, se reduce a tres millones de habitantes. A estos se les unirá Joyce, que con una chica a la que acaba de conocer, Nora, decide marcharse a otro continente para trabajar como profesor de inglés. Paradójicamente, a pesar de no regresar jamás a Dublín de forma estable, todas sus obras se verán ambientadas en dicha ciudad. El día de la partida, 16 de junio de 1904, será muy significativo, pues dada la obsesión del escritor por la ritualidad, cobrará un papel importante, ya que será el día en el que transcurra toda la trama del “Ulises”, una de sus obras más relevantes.

Finalmente, a pesar de su ausencia de fe, se casa con Nora (por su obcecación con todo lo ritual) una vez ya han tenido dos hijos.
Joyce siempre se enfrenta a la censura de la época, debido al carácter retratista y crítico de todas sus obras, con lo que publicará fundamentalmente en el extranjero; como es el caso de “Dublineses”, que únicamente apareció en Francia.
La única obra que se publicó en su totalidad fue “Retrato de un artista adolescente”, de carácter autobiográfico, traducido por Dámaso Alonso bajo el pseudónimo de Alfonso Domado.

OBRA

Hemos mencionado con anterioridad las obras del autor, de las cuales nos centraremos en “Dublineses”.
La novela está compuesta por quince relatos, que pueden leerse de manera independiente o de forma que todo el texto en sí constituye un solo libro; en cuyo caso existiría un protagonista que muestra diversas apariencias. También se ha barajado la hipótesis de que el personaje principal sea la ciudad de Dublín, ya que es el elemento común a todos los relatos, en los que se muestra su paulatina evolución.

De este modo, los tres primeros relatos se relacionan con la infancia y la preadolescencia (“Las hermanas”, “Un encuentro” y “Arabia”). Los cuatro siguientes (“Eveline”, “Después de la carrera”, “Dos galanes” y “La casa de huéspedes”) hacen referencia a la juventud, camino de la madurez. “Una nubecilla”, “Duplicados”, “Polvo y ceniza” y “Un triste caso” son obras que apuntan a la edad madura. “Efemérides en el comité”, “Una madre” y “A mayor gracia de Dios” señalan el aspecto público de la ciudad. Por último, en “Los muertos” el autor hace un balance de todo el libro, realiza una síntesis y una reflexión sobre la muerte que da sentido a la vida.

A continuación, analizaremos los dos primeros relatos de Dublineses.

Las hermanas

“No había esperanza esta vez”. Ya desde la primera línea de su primer relato Joyce se muestra ante los lectores haciendo referencia a la “Divina comedia”. Así, la intertextualidad será un recurso constante empleado por el autor, recurriendo a la obra de Dante y a los textos evangélicos también (“no me queda mucho tiempo”).
Se debe atender al número tres, de gran simbología, tres son las partes de la Divina comedia, el infierno, el purgatorio y el cielo. Nos encontramos ante otro guiño del escritor, que hace referencia a los clásicos para crear recursos irónicos y satíricos.
Es en esta obcecación con los números y citas es donde se muestra la ritualidad del dublinés.

Este relato aparece narrado en primera persona, Joyce pone la voz en un niño, un testigo real que transmite los hechos y solo se nos da la información que éste percibe, lo que da la sensación de que nos encontramos ante un texto fragmentado.

Se narra un cuento in medias res, esto es, que los personajes poseen una historia anterior al relato presente, de la cual no se aporta ningún antecedente por parte del autor.

Aparece también el monólogo interior, anticipándose a lo que luego construirá en “El Ulises”. Esta figura aparece cuando el chico reflexiona acerca de tres términos (préstese atención, de nuevo el número tres): simonía (corrupción eclesiástica), parálisis (con la que el autor puede apuntar a un estado de toda la sociedad dublinesa, a modo de crítica) y gnomon (palabra técnica del Teorema de Euclides). Otros recursos utilizados son las elipsis y las frases incompletas (aposiopesis), sobre todo en el personaje de Cotter.
Joyce utiliza una práctica que consiste en transformar materiales ordinarios en otros estéticos y sublimes mediante la palabra. Emplea para ello el concepto de epifanía, tomada como elemento de revelación de algo oscuro. Un ejemplo de ello sería la esquela del cura que aparece en este primer relato.
En cuanto al argumento, surge un protagonista que tiene una experiencia iniciática con la muerte, es la primera vez que se enfrenta a ella, y de hecho, parece que no llega a enfrentarse a la auténtica verdad hasta que ve la esquela del reverendo fallecido.
Uno de los aspectos más interesantes es la ambigua relación entre el cura y el niño. Al tío de este no le agrada, de hecho prefiere que el niño congenie con otros de su edad, que juegue, en lugar de atender a los textos latinos que el difunto le inculcaba. Aquí se hace referencia al eterno debate entre las armas y las letras (representadas por la iglesia).



Dado un momento aparece un comentario del tío, denominando a su sobrino Rosacruz, a modo de expresión hiriente y burlesca, pues los Rosacruz eran un grupo heterodoxo aparecido a finales del XIX y principios del XX. Así, por otra parte, subraya las ocupaciones extravagantes de su sobrino.

Aparecen algunas insinuaciones del protagonista (sensación de alivio, de liberación, sentimientos perversos y placenteros) que apuntan a una posible pederastia, pero será un asunto que Joyce siempre dejará en suspenso.
Avanzado el relato, se narrará el velatorio del difunto, organizado por las hermanas reflejadas en el título, Nannie y Eliza, ésta última a medida que va bebiendo se desinhibe y cuenta algo confuso del clérigo: un episodio extraño en el que se le cayó el cáliz y a partir del cual parece sumirse en una depresión, el hecho de encontrarlo solo riéndose con la nada, etc.

Algunos críticos consideran por todo lo expuesto anteriormente que este capítulo puede ser entendido como una forma de Joyce por resaltar la falsedad que encierra la religión. Pero esta
repugnancia manifiesta hacia la institución se entremezcla con la fascinación del autor por todo lo relacionado con ello. Se podría establecer un paralelismo entre estos dos sentimientos contradictorios que asolan al escritor con las emociones contrapuestas que se reflejan en el niño.


Un encuentro

Se narra una historia mediante la retrospección al pasado desde la vida adulta. Así, se ambienta en un viaje programado en principio por tres alumnos (de nuevo el número) Joe Dillon, Mahonny y el protagonista. Se alude también a una escuela privada, lo que apunta, otra vez, a la educación recibida por Joyce de los jesuitas; en la cual se prestaba especial atención a las Humanidades (retórica, latín, griego, historia antigua, etc.)

Finalmente, los que se saltarán las clases para embarcarse en
la pequeña aventura serán los dos últimos, repartiéndose el dinero de Dillon, el cual en el futuro se convertirá en sacerdote, (nos encontramos ante un guiño del autor; el alumno más torpe y al que más regañan los profesores en el futuro se convertirá en sacerdote)

Joyce nunca trata heroicamente las cosas, al contrario, las reduce, así, la pequeña traición de Dillon se muestra más turbadora que si se hubiese narrado en un tono de mayor gravedad. El héroe del autor es Ulises, de modo que el empeño de los niños por buscar un marinero de ojos verdes simboliza la búsqueda de dicha heroicidad, pues según la leyenda, el griego poseía dicho color en sus pupilas.

Esta pequeña aventura de cariz autobiográfico culminará con el encuentro de los pequeños protagonistas con un anciano de ojos verdes, con el cual el autor se refiere a la masturbación y este episodio se corresponde con el hallazgo real de Joyce y su hermano de un viejo homosexual.

De modo que se muestra el encuentro de la niñez ante el lado más turbio de la sexualidad, despojada de toda relación afectiva.

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