domingo, 26 de abril de 2009

Jane Goody



Goody surgió de la nada hace siete años, cuando fue seleccionada para la edición británica del programa Gran Hermano. No fue la ganadora del concurso, no obstante, su carácter pendenciero e iletrado a un tiempo conectó inesperadamente con la audiencia y le otorgo el dudoso privilegio de iniciar una vida pública al salir de la casa. Así fue como participó en la edición para famosos del programa donde su fama se multiplicó después de una trifulca racista con una de las concursantes.

Se creó así un personaje que creció de forma directamente proporcional a los escándalos que propagaba. Carecía de importancia que no supiera que Río de Janeiro era una ciudad o que Cambridge no hacia referencia a un distrito de Londres. El publicó adoraba sus formas bruscas y su ignorancia. De esta forma, se mediatizó masivamente a un personaje hasta tales extremos que ésta llegó a escribir dos biografías, a lanzar su propio perfume y a abrir sus propios salones de belleza.

Su ascenso imparable en el universo televisivo y sensacionalista de su país no sólo continuó impertérrito cuando a esta joven de 27 años se le diagnosticó un cáncer, sino que aumentó. Desde el primer momento ordeñó con naturalidad su deterioro físico. Primero en programas semanales y posteriormente en un final apoteósico que incluyó boda, banquete y bautizo. Todo vendido y coreografiado para maximizar el beneficio económico que disfrutarán sus hijos, quienes quizá tengan la educación de la que su madre no dispuso, pero que, evidentemente, crecerán en un lugar desestructurado.

“La telerrealidad tiene un límite”. Esta afirmación, emitida por el representante de Jane Goody, parece demasiado tardía, demasiado fría y demasiado hipócrita. La polémica que despertó en la opinión pública el hecho de que la joven quisiera en un principio vender su muerte a los medios británicos aún continua presente. La conversión de un cáncer terminal en un show mediático se ha permitido en la televisión pública inglesa. Se ha vendido una vida delante de millones de telespectadores en cientos de espacios sin ningún tipo de restricción. Y, al parecer, la implicada consideraba que la recompensa era lo suficientemente sustancial. Por sus hijos. Por un bien ante el cual se justifican todos los medios, monetarios, éticos y por supuesto, morales.

Y sí, efectivamente, Goody ha obtenido unos cuantiosos beneficios a cambio de su dignidad e intimidad. Sin embargo, no es la única que se ha vendido. Desde una óptica conmiserativa se podría incluso convertir en comprensible la decisión de la joven, pero lo que no es admisible es la carencia de humanidad con la que los medios de comunicación han desarrollado su labor con respecto a este término. Los valores morales y éticos pueden atenerse a la libre circulación y compraventa individual por parte de todo aquel que lo considere adecuado y conveniente. ¿Por qué no? Pero desde luego ese tráfico no se puede realizar a nivel mediático. No se puede crear un monstruo económicamente rentable y una situación humanamente ruinosa. No se puede ofertar una vida a través de la cual las cifras de audiencia se traducen en miles de libras. No se puede bombardear al ciudadano con una imagen tan deplorable y decadente como la que ha inundado millones de hogares británicos en los últimos meses. Seamos consecuentes y reflexionemos antes de crear un hiriente circo que nos ha convertido en auténticos bufones morales.

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